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8.06.2007

Historias de Motel (2)

Motel

La idea de ir a un Motel no le resultaba para nada atractiva. Jamás en su vida había pisado uno de esos sitios de "mala muerte", como ella los llamaba, y le parecía la cosa mas asquerosa y vergonzosa que podría sucederle. Por eso, cuando él le proponía llevarla para que esa imagen que tenía fijada en su terca cabeza cambiara y se tornara un poco más real, ella sólo reía y juraba que jamás se dejaría convencer para ir a semejante lugar. Muchas veces, quizás en broma, quizás no, él le hacía la proposición entre risas; al principio, los NO de ella eran bastante rotundos pero poco a poco se convirtieron en "depende" o "tal vez", o "cuando este ebria", decía ella, haciendo alarde de su poco gusto por el alcohol.

Ella no recuerda que sucedió aquel día, no recuerda cual fue el detonante para que aceptara finalmente la invitación, tampoco recuerda como fue el camino hacia aquel motel, ni la conversación que tuvieron en ese trayecto, y no, no estaba ebria, de eso era lo único que estaba segura. Miedo, sintió miedo. La primera vez en un lugar que aborrecía le producía entre curiosidad y miedo, y tembló excusándose por el frío que hacía en la habitación. No era como ella se lo imaginaba, no era tan repugnante y asqueroso si no pensaba en que antes de ellos, cientos o quizás miles de parejas habían estado acostados entre aquellas blancas sábanas. Examinaba todo como si al final alguien estuviera esperándola afuera para hacerle un exámen detallado de todo lo que había observado y sonreía tímidamente intentando ocultar que estaba nerviosa.

Su miedo desapareció cuando salió a la pequeña terraza a observar las estrellas junto a él, un abrazo fuerte y cálido disminuyó su frío y le devolvió la confianza que había perdido. Si bien es cierto que la idea de estar en un motel, seguía rondando su cabeza, ésta desapareció por arte de magia cuando ella cerró los ojos y después de unos instantes, al abrirlos, toda la habitación estaba a oscuras, iluminada tenuemente sólo por la amarilla luz de muchísimas velas. Todo se volvió un sueño, un sueño para los dos, un sueño donde ese lugar se había convertido en su refugio de amor, en su refugio para esconderse del mundo y disfrutar de su pasión.

Caricias, abrazos, lágrimas de felicidad, besos profundos y húmedos, ropa que cae al piso, pasión desbordada por los poros de su piel y la imagen de dos enamorados en el reflejo del espejo, es todo lo que ella recuerda de su primera vez en un motel. El sexo fue el mejor del mundo por el simple hecho de que fue con él, en un lugar donde por primera vez podían estar completamente solos. Y ese dia, la imagen de aquel sitio pasó de desagradable e improbable al recuerdo más feliz de una de tantas noches junto a él.

Ahora ya no tiene miedo, o pena o asco de pasar un rato en una habitación de un motel, porque más que pensar que está en un sitio de "esos", piensa que es un momento mágico para revivir la primera vez que aquel cuarto con el espejo en el techo, la cama de sábanas blancas y la ducha de vidrio, se convirtieron en 4 paredes llenas de amor y sexo, muy buen sexo.

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7.02.2007

Historias de Motel


Desde hace tiempo era costumbre verlos en aquel motel. No se sabe a ciencia cierta porque les gustaba tanto ese lugar en particular habiendo otros muchos alrededor con anuncios de neon azules y rojos mas llamativos y brillantes que el que tenía ese. Quizás el ya había estado varias veces allí y a ella no parecía importarle mucho. Llegaban en su carro, él pedía una habitación y ella se deleitaba obervando sus facciones duras, sus labios carnosos y su nariz perfecta.

Les gustaba pasar la mayor parte de la noche acostados, abrazados, mirándose a los ojos sin que nada más pudiera distraerlos; ella le sonreía y él le sonreía de vuelta y en toda la noche no necesitaban nada más. Ella lo acariciaba y él se estremecía mientras le juraba por lo más sagrado que estaba perdidamente enamorado, que su boca era una cosa deliciosa, que sus curvas lo cautivaban y que su corazón latía por y para ella, para nadie más.

Pasada una hora y media, a veces dos, el pedía la cuenta y ambos se vestían entre jugueteos y besos apasionados, entre caricias y te amos susurrados. Regresaban a su auto, el conducía sin poder ocultar la felicidad de tenerle unas horas a su lado, y ella, callaba todo el camino, mientras pensaba que ese hombre era lo mejor que pudo haberle pasado en la vida y apostaría cualquier cosa, a que después de él, no habría nadie igual o por lo menos, nadie que valiera tanto la pena o pudiera siquiera acercarse a lo que él representaba para ella.

Algunas veces, después de ir a buscarla en aquel semáforo donde ella siempre lo esperaba, llegaban al motel y se quedaban horas viendo el reflejo de sus cuerpos en el espejo. Hacían una hermosa pareja y lo sabían. Para ella, verse junto a el, era casi un retrato perfecto de la felicidad, de su felicidad; para él, era estar viviendo un sueño del que no quería despertar.

Esa noche, la noche que ella jamás podrá olvidar, estuvo a las 9:00 P.M. en punto, vestida de negro sólo para él, de pie al lado de aquel semáforo esperandolo llegar para ser feliz otra vez. El apareció puntual y esbozó una ligera sonrisa al sentir el aroma del perfume que tanto le gustaba y le alborotaba las ganas. Ella sonrió con picardía, lo hacía a propósito porque le encantaba seducirlo. Llegaron a su destino, y a diferencia de las demás noches, esa vez hicieron el amor como dos salvajes, sus gemidos eran tan intensos que temían pudieran escucharse en todo el lugar. Ella le enterraba las uñas al compás de sus movimientos, él no podía parar de admirar su cuerpo desnudo siendo penetrado con fuerza. Esa noche, probaron todas las posiciones que ambos imaginaron, y cada una era mejor que la anterior, o quizás todo era consecuencia de los sentimientos involucrados, quizás todo era consecuencia de su amor.

Llegó la hora de irse, él pidió la cuenta; ella se vistió rapidamente y lo abrazó por la espalda mientras él dejaba escapar una pequeña e imperceptible lágrima que removió con sus dedos antes de que ella pudiera darse cuenta. Subieron al auto. Esa noche él no sonreía como las otras noches, esa noche, ella sabía que el no iba a regresar. La dejó en el mismo semáforo y ella se despidió como siempre con un tierno beso en la mejilla, bajó del auto y observó como él se perdía en medio de la oscuridad.

Ella todavía lo espera cada noche de pie junto al semáforo, con la ropa que a él más le gustaba, oliendo a su perfume favorito, con la firme esperanza de que una de esas noches, su auto se detendrá justo en frente de ella, le pedirá disculpas por haberle fallado las noches anteriores y le dará un beso de esos que sólo el podía darle, un beso de esos que la llevaban a otros mundos, a otros lugares, un beso de esos que la llevaban directo a su corazón.

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