
Iba caminando por la calle, vi una flor que empezaba a crecer y decidí pisotearla sin compasión; si no lo hacía yo, probablemente alguien más lo haría. Pocos minutos después vi un perrito cojo, maltratado, quizás había sido atropellado por un carro recientemente, estaba olfateando algo cerca de una bolsa de basura, busqué a mi alrededor una piedra, encontré una mediana y se la arrojé con toda la fuerza que pude, atiné justo a su lomo, se retorció de dolor y se alejó cojeando; si no le hubiera pegado yo, el dueño de la casa lo hubiera apaleado hasta matarlo. Llegué hasta la parada de los buses, desafortunadamente el señor de la acera de enfrente logró cruzar antes de que un bus de Porvenir Paraíso lo arrollara sin piedad; que lástima, hubiera sido espectacular ver un accidente así en primera fila, la sangre hace que me den más ganas de lastimar.
Ese día hacía un calor de esos que me alborotan la maldad, sentir el sudor resbalándose por mi cuerpo, la ropa pegada, las aceras calientes y sin poder tomar algo para refrescarme, hace que sienta que estoy en la obligación de destruir, lastimar, maldecir, ofender y reir. Odio cuando esos niños mugrosos se suben a los buses a repartir sus dulces y sus cochinadas. Si les dices que no quieres nada te miran con odio, como si tu estuvieras en la obligación de mantenerlos o comprarles esas cosas de dudosa procedencia. Me alegré demasiado cuando el conductor del bus insultó a un escuincle de esos que quería subir a vender, no lo dejo subirse y lo mandó mejor a donde su mamá a que lo mantuviera o en su defecto, a que lo castigara por no haberle llevado nada de dinero.
Me bajé en la casa de ella. Muchas veces antes, iba con alegría a visitarla, me gustaba estar con ella, lo admito; por eso cuando empecé a sentir que me encariñaba, que mis sentimientos se tornaban limpios y puros, recordé mis verdaderas intensiones con ella. Sólo quería usarla mientras encontraba a alguien más. Ella me hacía compañía cuando me sentía solo. Me hacía reir y siempre estaba pendiente de mi y de mis necesidades y caprichos. Siempre que necesité una marrana ella estaba ahí. Desde que la conocí supe que podía aprovecharme de ella; era muy ingenua y crédula, por más que intentara aparentar todo lo contrario. Le mostré que podía confiar en mí y le abrí mi corazón. Así como siempre hago con cualquiera que pueda servirme para algo en especial. Ella me servía para hacerme compañía. Buena compañía.
Después de un tiempo empecé a hartarme. Se convirtió en una celosa, obsesiva y no pude controlarla. Se me salió de las manos. Cuando estaba con ella sólo quería desaparecerla de este planeta. Era verdaderamente insoportable tenerla al lado. Si la ignoraba, armaba escándalos y melodramas y me hacía pasar verguenzas frente a las demás personas que utilizo. La idea de ser yo, es aparentar que soy un buen muchacho, uno entregado, uno puro y limpio; si ella hablaba mal de mi, todos empezarían a dudar. Por eso, aquella tarde no dudé ni por un momento en sacarla de mi vida para siempre.
Pregunté por ella y me dejaron pasar, subí las escaleras y segundos después ya estaba en la puerta de su casa. Toqué con fuerza. En mi interior, deseaba acabar con eso rápido, deseaba con todas las fuerzas de mi corazón que ella me abriera. Y así fue. Cuando la vi, me miraba con cara de odio; haberla cambiado por una de sus amigas no le gustó para nada. Creo que debo pensar mejor como hago las cosas; ésto de herir a las personas por deporte tiene su ciencia, o eso es lo que yo creo.
La miré fijamente y apenas tuve oportunidad, estiré mi mano con fuerza. El golpe fue tan fuerte y certero, que atravesé su corazón, pude sentir como palpitaba en mi mano, las salpicaduras de su sangre en mi rostro me dieron un aire de felicidad que hace mucho no sentía. Estaba tranquilo, tranquilo y completamente feliz. Intenté sacar mi mano lo más rápido que pude, arranqué el corazón de su pecho con fuerza y lo miré por unos instantes. Luego lo arrojé frente a mis pies y lo pisoteé mientras su cuerpo inerte caía al suelo emitiendo un golpe seco.
-Lo lamento- Dije con voz suave. -Estabas arruinando mis planes. Si hubieras seguido siendo la misma ingenua y tonta, te hubiera conservado por más tiempo.
Para mi suerte, no había ni un alma cerca, todos habían desaparecido en el instante justo en el que atravesé su pecho. Que raro. Siempre que me salgo con la mía, nadie me ve. Es como si todos fueran borrados mágicamente de la escena. Así que salí caminando, ensangrentado, tranquilamente por la ciudad. Decidí irme caminando a mi casa, así podría por el camino pisar otra flor, pegarle a otro perro o tener la fortuna de ver como un bus de Porvenir Paraíso atropella a un peatón imprudente. Y reir. A veces me pregunto por qué hay gente tan ingenua. Tontos. ¿Jamás les enseñaron que entregar el corazón es de perfectos idiotas?...
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¿Esta versión de la historia te gusta? Por fin descubriste quien soy de verdad. O quien quieres tú que yo sea...