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5.25.2010

El día en que morí...

No recuerdo muy bien de que color era el vestido que tenía puesto, hubiera sido mejor colocarme uno rojo, pero ya saben, no me gusta mucho ese color, aunque sea su favorito. Lo que si recuerdo era traer puesta esa hermosa cadena de plata con lagrimitas que me regaló una de las navidades que pasamos juntos. Me encantaba, y me encantaba más que me la hubiera regalado él. Estaba de pie a su lado esperando que cerrara los candados que aseguraban la puerta principal de su casa cuando llegaron.

Eran dos hombres jóvenes, no mayores de 30 años, creo. Sus rostros nunca fueron claros para mi porque todo pasó muy rápido y el miedo invadió mi cuerpo desconectando todos mis sentidos. Sólo sé que nos apuntaron con un arma y me pidieron mi bolso y si, mi hermosa cadenita de plata. No podía moverme y mientras él intentaba razonar con ellos, yo procesaba todo como en càmara lenta, como en una de esas películas en blanco y negro donde todo pasa cuadro por cuadro.

El hablaba y se colocaba delante de mi para protegerme, ellos se movían de un lado a otro, nos amenazaban. El me pidió mis cosas, ellos estaban desesperados por la tardanza. Yo entregué mi bolso pero me rehusé a entregar la cadena, ellos gritaban, él me suplicaba que la entregara, me decía que no valía la pena, que me compraría otra igual. Yo insistí en quedármela, aferrándome a un recuerdo, incapaz de razonar la situación; uno de ellos lo empujó contra la pared, él emitió un quejido que me partió el alma, el otro disparó; me disparó.

Ya no recuerdo nada más. A veces si cierro mis ojos y me quedo mucho rato así, intentando recordar, vienen algunas imágenes a mi mente, pero son desgarradoras. Lo veo hablándome, diciéndome que voy a estar bien, entonces me besa y me abraza mientras llora. Luego me carga y me pone en la parte de atrás de su carro, maneja como loco, me habla, llora. Y luego todo se pone negro.

No me gusta pensar en eso. Me gusta recordar la parte donde se me acerca al oído mientras me llevan por los corredores de lo que asumo era una clínica, y me pide que me case con él. Me muestra un anillo hermoso, de oro blanco con una piedrita morada en él. Lo miro fijamente y sin decirle nada, el sabe que la respuesta es sí.

Hoy lo espero como todos los días en la puerta de su casa, tengo puesta mi cadenita de plata con lagrimitas y el hermoso anillo de compromiso con la piedra morada que hace juego perfecto con el color de mi vestido y mi alegría. Siempre tarda. Sale con un ramo de rosas azules y esa enorme sonrisa que hace que se me caliente el alma. Camina hacia mí pero el trayecto se hace eterno, lo veo que avanza pero es como si el camino se alargara con cada uno de sus pasos, como si en vez de avanzar hacia mí, se alejara. La espera me cansa, me da sueño. Pero no importa, porque al día siguiente vuelvo a su puerta, vuelve a salir y sé que pronto, muy pronto me abrazará, muy pronto me besará, muy pronto seré su esposa. Sólo tengo que vivir.

7.03.2007

Angel


Y a plena luz del día, la vió, el ángel más hermoso que hubiera podido ver jamás. Su silueta delgada y esbelta hacia contraste con la del resto de personas que estaban a su alrededor. No tenía una figura imponente, pero esos ojos negros podían traspasar cualquier muralla. Su cabello azabache danzaba al ritmo que tocaba la suave brisa y su sonrisa, era lo suficientemente brillante como para opacar la luz del sol. El chico se frotó los ojos con fuerza y volvió a verla; era real, o por lo menos eso creyó él mientras ella se sentaba en una banca de aquel parque, intentando no manchar su hermoso vestido color púrpura con salsa de chocolate que escurría por sus manos. Al parecer, ella tenía fascinación por los helados, cosa que dedujo por las expresiones de felicidad y satisfacción que se dibujaban en su rostro cada vez que sus labios delgados y bien delienados hacían contacto con el dulce.

La observó fijamente hasta que ella terminó su postre; era algo torpe en sus acciones, pero al mismo tiempo, era la cosa mas hermosa y tierna que podía existir sobre la faz de la tierra. Por un momento, el chico sintio un impulso más grande que él, de acercarse y preguntarle su nombre, pero no podía abordarla de esa forma, no la conocía y lo más probable era que ella reaccionara con temor al momento de sentirse acosada en la calle. Así que se quedo allí, solo, perdido entre sus caderas y sus piernas, perdido entre sus miradas pensativas, intentando adivinar cada uno de sus pensamientos, rogando al cielo tener la suerte de robarle alguno, de preferencia uno en donde ella le susurrara su nombre.

-Sofía!!!!- Gritó con fuerza. No fue suficiente. Cayó unos metros más allá de la acera, al otro lado de la calle que intentaba cruzar. El golpe fue mortal. El auto logró escapar mientras la gente se acercaba frenética intentando ayudar a la joven, o simplemente intentando tener la primicia de la noticia del día.

-Sofía- Era el nombre que retumbaba en la cabeza del chico, una y otra y otra vez, mientras se desvanecía lentamente, de vuelta al cielo, mientras una lágrima corría por su mejilla, una misión fallida, mientras una pluma blanca caía sobre la mejilla, ahora pálida, de Sofía...

6.21.2007

Morir

Mátame lentamente, suavemente, hazme sufrir. Mátame con tus besos y tus caricias y que no me quede tiempo para dormir. Mátame a punta de susurros y de miradas, a punta de sorpresar inesperadas, mátame y asegúrate de que estoy realmente muerta, de que me ahogué en el calor de esa noche desierta, mátame y asegúrate de que estoy muerta, porque sin tí no encuentro placer en vivir. Pero déjame morir entre tus brazos, déjame quedarme en tu regazo, déjame pensar que en esta muerte está el secreto de vivir junto a ti, por siempre, para fundirme en tus suspiros y hacerlos uno con los míos, mátame lentamente, suavemente, porque así seré tuya hasta el fin.
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