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7.03.2008

Goyo

A veces extraño la forma en la que me hacía sentir amada; una forma poco común y muy insual. No me demostraba su afecto desmedido, ni siquiera creía necesario saludarme cuando regresaba a la casa. Simplemente me miraba con esos ojazos y se daba la vuelta, o en el mejor de los casos se asomaba tímidamente a la puerta para ver hacia afuera, un mundo que era totalmente nuevo e inexplorado para él. Recuerdo también la vez que se lo arrebaté de las garras a su felina madre y me auto nombré su nueva mamá sustituta. Sin caricias pareció decirme que le gustó, lo cuál infiero por todas aquellas noches que se escurría entre las sábanas y amanecía dormido a mi lado sobre la cama.

Un día desperté, y lo supe. Supe que ya no vería su delgada figura negra haciendo siesta en la mesedora frente a la cocina. Supe que ya no volvería a amanecer con un bultico negro a mi lado. No sé dónde está ahora, y tampoco lo he visto desde que se fué. Se fué porque no lo querían lo suficiente, todos menos yo. Por eso hay días como hoy, en los que apachurro a mi perro con abrazos y suspiro tímidamente cuando recuerdo a mi gato.

2 Rulean el Universo:

Beta chan dijo...

;O;!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Pendiolo dijo...

... todo gato tiene su blogger, que vaina!